Get Adobe Flash player

La revolución es la disciplina

Share

 

No nos debe sorprender que, en este mundo moderno, lo que más se aprecie y valore no sea el espíritu patriótico, sino el transgresor, no el respeto a la tradición, sino su crítica. Vivimos en sociedades, pues, que no respetan nada sino -casi podría decirse- el no respetar nada, y cuya regla es la de cambiar de reglas. Se diría que el espíritu del 68, el triunfo de la imaginación crítica, la imaginación al poder del marxismo cultural ha acabado ganando, pero, paradójicamente, no contra el capitalismo, sino gracias a él.

Prohibido prohibir, ciertamente, pero en beneficio del orden, no de su subversión. Pues el orden mismo vive de su subversión/transgresión constante, de la que hacer mercancía y producto de vanguardia. Nada más patético que el joven rapero cuyas canciones blasfeman de todo principio con frases ya hechas, disfrazado con alguno de los varios uniformes oficiales que denotan su total rebeldía, transformado en consumo masivo de jóvenes adolescentes de clase media al tiempo que él consulta a diario losratings que le informan de sus éxitos o fracasos comerciales. El libro No logo se transforma en un logo; la ropa alternativa se vende en los grandes almacenes (punk y gótico, segundo piso; modernos y ecologistas, planta sótano), las películas que se sublevan contra la sociedad del espectáculo, son parte del espectáculo (y el mejor ejemplo es el cine basura moderno de Pedro Almodóvar, tan alternativo que cobra jugosas subvenciones); y los libros que critican todo ello (la crítica de la crítica) añaden fuego a la hoguera de las vanidades anti-sistema que no hacen sino alimentar al sistema (qué mejor que el panfleto Indignáos, nueva biblia de los niños mimados del sistema). En resumen, como dicen algunos, Rebelarse vende.

Podríamos decir que el sistema ha encontrado la llave mágica para sostenerse por encima de todo a través del mecanismo de ordenarnos que le desobedezcamos. Pues, como demostraron los teóricos de Palo Alto (California), la orden “¡desobedéceme!” es el ejemplo idóneo de mandato paradójico que nos suma en la culpa inevitable. Si desobedezco, estoy obedeciendo la orden que me ordena que desobedezca; si obedezco su orden, le desobedeceré, y así le estoy obedeciendo al tiempo. De modo que sólo hay un mandato que no se puede violar: el que me ordena transgredir. Actualmente la transgresión y el cambio son la norma y el orden de una sociedad enferma que piensa que es libre desobedeciendo al capitalismo, pero está haciendo paso por paso lo que se espera de ella.

De modo que, cabe concluir, si la verdadera transgresión es resistirse a la transgresión, lo revolucionario es la disciplina.