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Inmigración, natalidad y economía

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Lo único bueno que se puede decir de la actual crisis económica es que, tras más de diez años de entrada masiva y descontrolada de población extranjera hacia España, con todos los problemas sociales, económicos y culturales que implicaba el fenómeno, esa entrada no sólo se ha frenado, sino que parte de esa población está volviendo a sus países de origen, aunque no lo esté haciendo en las cantidades que serían deseables.

Desde la prensa se nos dice todos los días que con la burbuja inmobiliaria se provocaron otras burbujas que también deben ser pinchadas, como la burbuja de los empleados públicos, de las obras públicas innecesarias, de las sucursales bancarias...y estamos de acuerdo, pero curiosamente esa prensa nunca jamás pide pinchar la burbuja de la inmigración. Hasta siete millones de extranjeros llegaron a España desde el año 1999 para ser usados como mano de obra barata en la construcción y, al mismo tiempo, para ser compradores de las casas que ellos mismos colaboraban a construir. Una vez reventada la burbuja, muchos de aquellos inmigrantes son víctimas de la misma con unas hipotecas que son incapaces de pagar.

Podríamos pensar que, en estas circunstancias, la inmigración masiva va a dejar de ser un problema, pero no va a ser así. A medio plazo, nuestros gobernantes volverán a abrir nuestras fronteras para permitir una segunda entrada masiva de inmigrantes, y lo harán por dos razones.

La primera se debe al modelo productivo español. Desde la Transición, y siguiendo órdenes externas, cuyo objetivo era que España dejara de ser una competencia molesta y convertirnos en un país de servicios (turismo básicamente), los distintos gobiernos españoles, en especial los del PSOE, llevaron una política destinada a destruir los sectores primario y secundario: agricultura, pesca y sobre todo: industria. Para ello, llevaron a cabo una política de destrucción de la industria nacional (llamada “reconversión”) destrucción del sistema educativo (en la que destacó un tal Alfredo Pérez Rubalcaba), en especial de la formación profesional, destrucción de la energía nuclear y de transferencia de todo tipo de competencias a las autonomías que hizo inviable cualquier tipo de política industrial nacional. Al destruir la industria y comprobar que el turismo era incapaz de dar trabajo a todo el mundo, se inició la política del fomento de la construcción a gran escala, una actividad con necesidad de mucha mano de obra no cualificada. Así se creó la primera burbuja de la construcción en el periodo 1986-1992.

Ese es el primer problema. Cuando tu economía está basada en actividades de baja cualificación, necesitas que haya mucha gente trabajando para mantener el crecimiento. En cambio, en una economía productiva de alta cualificación, no hace falta que exista tanta mano de obra. Al optar España por el primer modelo y al ser insuficiente la mano de obra nacional para inflar la segunda burbuja de la construcción (1999-2007) se tuvo que traer a millones de extranjeros. Para sostener este tipo de economía se necesita un constante aumento del PIB, lo que sólo se pude conseguir con más población. Se nos dirá que da igual el tipo de modelo mientras funcione, pero el caso es que nuestro modelo tiene como consecuencia todo tipo de problemas sociales.

Una gran parte de los inmigrantes elige trabajar sin cotizar (sólo cotizan a la seguridad social 1,7 millones de los más de 6 millones de extranjeros que hay en España), el brutal aumento de población en tan poco tiempo ha implicado un aumento del gasto público elevadísimo para construir más hospitales, más escuelas, más cárceles e infraestructuras de todo tipo, contratar más empleados públicos y todo un tinglado que, tras la crisis, es imposible de sostener. A lo que habría que añadir problemas de convivencia, delincuencia, bandas latinas, integrismo islámico e incluso de desempleo en la población extranjera, que en este momento ya supera el 35%. Para evitar estos problemas, habría que ir a un modelo económico de mano de obra cualificada en el que la inmigración no sólo fuera innecesaria, sino que además fuera contraproducente. Por desgracia, nuestros políticos no se enteran. De momento, todo lo que ofrecen para salir de la crisis es Eurovegas, es decir, más de lo mismo: construcción en masa, necesidad de gran mano de obra no cualificada y bruscos aumentos y grandes concentraciones de población, con todos los problemas que eso provoca.

La segunda razón por la que vamos a seguir recibiendo extranjeros a medio y a largo plazo es la demografía. La tasa de natalidad española está por debajo de la tasa de sustitución desde hace más de treinta años. Desde el año 1981 estamos por debajo de los 2 hijos por mujer necesarios para mantener estable la población. A pesar de esto, nuestros gobernantes no han hecho absolutamente nada por solucionarla. Todo lo contrario, desde entonces seguimos siendo el país con menor protección a la familia y menos ayuda a la maternidad. No sólo eso, sino que en 1985 se aprobó la primera Ley del Aborto que lo único que ha hecho ha sido empeorar la situación. A esto habría que añadir las reformas económicas neoliberales que están precarizando cada vez más el trabajo y bajando los salarios, lo que lleva a la población trabajadora a una inseguridad personal constante que no le deja tener la estabilidad necesaria para formar una familia.

Pero las nulas ayudas públicas y el mercado laboral no explican por sí mismas los motivos de nuestro hundimiento demográfico. La causa última es el cambio radical en nuestra escala de valores llevado a cabo por el marxismo cultural, que nos ha llevado a un estado mental de auto-odio nacional por un lado, y de egoísmo y comodidad personales por otro, que nos lleva a ver como un fastidio el hecho de tener hijos y crear una familia.

Es por esto que vamos a seguir recibiendo inmigración. Porque la inmigración en España no es una inmigración laboral, sino una inmigración de sustitución. Por eso son ridículas las comparaciones de esta inmigración con la emigración española a Francia, Alemania, Suiza o incluso a América en el pasado. Nuestros políticos están llevando de manera consciente una política de exterminio gradual de la población española autóctona para ir cambiándola poco a poco por población importada de África, del Islam, de Asia y de Sudamérica.

Se calcula que, si desde 1981, la tasa de natalidad en España hubiera sido la normal (ni siquiera decimos alta, sólo normal) la población española sería hoy 6 millones de habitantes jóvenes más. Es lógico, hay que tener en cuenta que en los años 80, 90 y dos mil los hijos del baby boom de finales de los años 50 y mediados de los 70 llegaron a la edad de tener hijos. 6 millones es más o menos la cifra de extranjeros que hay en España.

Por lo tanto, el hecho de tener el problema de la inmigración masiva y nuestra destrucción física en el horizonte no se debe a la generación espontanea, ni al “progreso”, ni a la “apertura de fronteras de la globalización” como nos repiten miles de veces los neoliberales y los marxistas, sino a una desastrosa política cultural, económica y demográfica de nuestros políticos. Con una tasa de natalidad adecuada y un modelo económico diferente, la inmigración en España sería totalmente innecesaria.

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