Get Adobe Flash player

Literatura nacional

Share

 

Propongo al lector que piense un momento qué obras de nuestra literatura podrían estar en el podio de nuestro interés como de “alta españolidad”, es decir, significativas de nuestra razón de ser como españoles. Difícil cuestión, en principio, pero verdaderamente fácil si escuchamos la voz interna de nuestro espíritu colectivo, de nuestra alma española, como vamos a hacer en lo que sigue.

1

Sólo había una cosa que uniera más a los antiguos griegos que los “Juegos Olímpicos”, motivo éste de reunión y confraternización nacional de las diversas “poleis”1 o estados-ciudad. Esta cosa no era otra que un poeta: Homero.

En efecto, la educación básica del ciudadano griego se basaba -aparte la disciplina del cuerpo en gimnasios y palestras- en la gran tradición de los poemas homéricos, y muy especialmente en La Ilíada, por encima de la otra gran obra del legendario ciego rapsoda2, La Odisea (aventuras del “astuto” Ulises, rey de Ítaca, en su regreso a la patria después de la guerra de Troya).

La guerra de Troya, sí, en efecto, con los personajes de Aquiles, “el de los pies ligeros”; Héctor, “domador de caballos”; Agamenón, “pastor de pueblos”; y tantos otros como el “rubio” Menelao, el “esforzado” Áyax, el “viejo” Príamo o el “apuesto” Paris…que pueblan la gran epopeya del pueblo griego. Sin olvidar, claro está, a la hermosa Helena “de largo pelo”, desencadenante inmediato de la famosa guerra.

¿Tendría, pues, razón un tal José Antonio cuando afirmaba que los poetas mueven a los pueblos? ¿Diría, acaso, verdad un cierto Giambattista Vico3 cuando situaba la pujanza de la juventud de las naciones en un marco de poesía épica?

Sirva lo anterior para encontrar en nuestra patria un equivalente a La Ilíada que pueda servirnos, además de los “juegos olímpicos” de la selección nacional de fútbol, como motivo literario de unión entre los españoles. Se plantea, entonces, la posibilidad de la existencia de una literatura nacional y, si es verdad que existe, de su interés para la afirmación de nuestra identidad colectiva. Entretanto, digamos que:

-Italia y Dante (La Divina Comedia)

-Camoens y Portugal (Las Lusiadas)4

-Roma y Virgilio (La Eneida)

-Inglaterra y Shakespeare (Hamlet)

-Alemania y Goethe (Fausto)

-Francia y Molière (comedias) (¿o acaso Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, o Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas?)5

-la Argentina y José Hernández (El Gaucho Martín Fierro)

-Homero y Grecia (La Ilíada)…

… son, sin discusión, no sólo las cimas literarias de sus respectivas lenguas y países, sino factor evidente de identidad nacional.

Todos los italianos se saben, aunque ni mucho menos le hayan leído, los primeros versos del Dante:

“A la mitad del camino de nuestra vida / me encontré en una selva oscura…”

(“Nel mezzo del cammin di nostra vita…”, en italiano)

Los portugueses, de Camoens:

“Las armas y varones señalados / que de la occidental playa lusitana…”

(“As armas e os Barôes assinalados…”, en portugués)

Como los romanos se los sabían de Virgilio:

 A las armas y al hombre canto, que desde las costas de Troya…”

 (“Arma virumque cano…”, en latín)

Los ingleses -no aquí el comienzo sino el centro- de Shakespeare:

“Ser o no ser, esa es la cuestión”

(“To be or not to be, that is the question.”, en inglés).

O, en otras latitudes, los primeros versos de José Hernández, los argentinos:

“Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela…”

Y etcétera, pero… ¡Nosotros también nos sabemos eso de “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”!

Naturalmente, esto es Cervantes y El Quijote, pero ¿sabe el lector cómo sigue el texto de Cervantes? Aquí le hemos pillado.

Bien, al menos hemos dado, por el método comparativo de algunas literaturas nacionales, con la frase inicial que todo el mundo se sabe para afirmar la primacía del Quijote como primera obra literaria nacional. Y esto no es baladí, porque, aunque me digan que “para este viaje no hacía faltan estas alforjas”, en el mundo de hoy ya no vale eso de -ya que de refranes vamos- “el buen paño en el arca se vende”, sino que el paño ha de sacarse del arca y exponerlo en el escaparate. Eso es lo que hemos hecho con este experimento que, en su sencillez, muestra fuera del arca, expuesto en la vitrina, la primacía de la obra de Cervantes en nuestra mente colectiva, ya que no hay frase otra ninguna en nuestra literatura que la gente se sepa en tamaño porcentaje. Y por algo será.

El Quijote, pues, como obra nacional, que, en cuanto tal, alguna escondida virtud debe de tener como manifestación del alma española y, si así es, si es algo más que alta literatura…obra ha de ser a la que, patriotas, aunque no se lea -o quizás por eso mismo- debamos atender.

La cuestión fundamental será saber si interesa o no interesa El Quijote como Divina Comedia, como Lusiadas, como Eneida, como Martín Fierro, como, en definitiva, Ilíada.

Mi respuesta es sí, pero no un sí incondicionado, sino matizado, de modo que la obra de Cervantes sea válida para nuestra España de hoy y no el aburrido tocho sacado del polvo del museo de antigüedades.

Pero antes de adentrarnos en ello -aunque creo que hoy no nos dará tiempo- quisiera, sin embargo, decirle al lector que tenemos otras obras literarias, además, que funcionan, si no con la aplastante superioridad de españolización del Quijote, con una categoría muy por delante del resto de la producción artística del total nacional.

Propongo al lector que piense un momento qué obras de nuestra literatura podrían estar en el podio de nuestro interés como de “alta españolidad”, es decir, significativas de nuestra razón de ser como españoles. Difícil cuestión, en principio, pero verdaderamente fácil si escuchamos la voz interna de nuestro espíritu colectivo, de nuestra alma española, como vamos a hacer en lo que sigue.

Construyendo ese podio, ya hemos visto, pues, que tenemos la medalla de oro para El Quijote. Falta ahora buscar la plata y el bronce.

No sin antes, sin embargo, dejar aclarado el enigma planteado acerca de la continuación de aquello de

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”,

para que el lector no tenga que molestarse en buscarlo, si es que no acertó. La continuación es:

“…no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo caballero…”

 que, si queremos completar la frase, queda así:

“…de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

 

2

Volviendo a nuestro podio, nos habíamos quedado en la plata. Pues bien, ¿recuerda el lector aquellos versos de:

“¿No es verdad, ángel de amor

 que en esta apartada orilla…?”

A más de uno le sonarán, sin duda, y a algunos se le habrán disparado los versos que continúan, como si de un resorte se tratara. La continuación es, en efecto:

“…más pura la luna brilla

y se respira mejor?”

¿Qué de dónde son estos versos? De una obra de teatro en boca del segundo personaje de nuestra literatura, inmediatamente después de Don Quijote. De una obra de teatro debida a la pluma de un vallisoletano. De una obra de teatro del siglo XIX, concretamente de 1844, en el centro mismo de nuestro Romanticismo literario. De una obra de teatro donde -ésta es la última pista- la protagonista femenina se llama Doña Inés que, en el texto aquí traído, escucha los requiebros de su enamorado en la llamada “escena del sofá”.

En efecto, el lector ya lo ha adivinado. Se trata de Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Don Juanes ha habido muchos, desde el primero de Tirso de Molina hasta las más modernas adaptaciones del mito, tanto en el teatro español -los Quintero, Grau, Martínez Sierra, Marquina, Villaespesa…- y el europeo -Molière, Rostand, Max Frisch- hasta otros géneros como la novela -Pérez de Ayala, Jardiel Poncela, entre nosotros, Dumas y Merimée fuera- o incluso la ópera, entre las que destaca la compuesta por Mozart, Don Giovanni. Y del ensayo no digamos nada, desde la psicología, el psicoanálisis o la filosofía hasta la mismísima biología (Marañón y otros).

Sí, Don Juanes ha habido muchos, pero ninguno como el Tenorio de Zorrilla, el cual, hasta tal punto representa el alma española, que era el Don Juan que ¡se representaba todos los años! en el mes de noviembre, el día de difuntos, en lo que constituía la “meditatio mortis”6, entre otras muchas cosas, del pueblo español.

De esas otras muchas cosas, dignas de ser analizadas en su momento, me quedaré ahora con el argumento de autoridad de nuestro quizá mayor pensador, Ortega y Gasset, cuando dice que Don Juan “

“es uno de los máximos dones que ha hecho al mundo nuestra raza (…) Don Juan es un símbolo esencial e insustituible de ciertas angustias radicales que al hombre acongojan, una categoría inmarcesible de la estética y un mito del alma humana”.

Nosotros escogemos la figura de Don Juan -el ímpetu vital, la salvación por el amor, la “meditatio mortis” del pueblo…- para ocupar la plata en el podio literario de la españolidad.

¿Ven ahora qué fácil era buscar la plata sin más que escuchar la voz interior de nuestro espíritu colectivo, de nuestra alma española?

 

3

Bien, ya tenemos dos nombres en nuestro medallero literario español, Don Quijote para el oro y Don Juan para la plata. Busquemos ahora el bronce que complete nuestro podio siguiendo el mismo método de escucha de nuestra alma española, aunque, a medida que degrademos el metal, la voz no será ya tan clara y perceptible como la animosa expresión de Don Quijote o la dicción ardorosa de Don Juan.

Citamos antes el caso de Os Lusiadas, epopeya portuguesa en la pluma de Camoens, que relata las hazañas descubridoras del pueblo lusitano debidas a aquella “ínclita geraçao” que cantaba el poeta de Lisboa.

Nosotros también tuvimos una “ínclita generación”7, cuyo centro podemos situar en Hernán Cortés, el español que más extensos territorios dio jamás a la Corona, como así en sus justos términos expuso el propio conquistador ante las mismísimas barbas del césar Carlos (o sea, Carlos V).

Sin embargo, no nos han transmitido los siglos un poeta de la talla de Camoens que supiera cantar a esta ínclita nuestra generación que ganó América para España y para el mundo en

“la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió”,

en la sabia opinión, que ya se ha hecho proverbial, de Francisco López de Gómara, el capellán del propio Hernán Cortés.

No tenemos, pues -y esto es realmente extraño-, una epopeya de América que hubiera cantado tan grandes gestas; no tenemos, como la tienen los portugueses, una “epopeya de la expansión”. Pero sí tenemos una “epopeya de la formación”. Aquí, por fin, hemos llegado.

Sí, la tenemos: una epopeya de la formación de nuestra nacionalidad, siglos antes del episodio de América, en la almendra de “la Reconquista”, que es cuando verdaderamente toma cuerpo la idea de España.

Si nos fijamos en nuestra larga Reconquista, el punto de inflexión -hecho ya mil y un añicos el vaso de las mil y una noches del califato omeya cordobés- cuando se cambian las tornas y sobre el minarete triunfa la torre, sobre la mezquita la iglesia y sobre el alfanje la espada… el punto de inflexión, decimos, se sitúa en las postrimerías del siglo XI con un nombre importante: El Cid Campeador.

Este es, en efecto, nuestro personaje, que si Cortés es el “conquistador” por antonomasia, es el Cid el “reconquistador” por excelencia. Y si el extremeño no tuvo su poeta, sí tuvo el castellano su juglar en el Poema del Cid, primer monumento en el tiempo de nuestra literatura en español.

La figura del Cid hereda en lo humano la gloria espiritual del apóstol Santiago, el discípulo de Cristo que predica en España la buena nueva -¡Santiago y cierra España!-, creándose así un nuevo símbolo acorde con los tiempos guerreros de nuestra cristiandad medieval.

Es en Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en quien primero aparece, según Menéndez Pidal, la idea de nacionalidad. El Cid, como resume un historiador, recreando estas ideas de Don Ramón,

“al combatir el imperio neogótico asturleonés, encarna aspiraciones castellanas de dimensión nacional”.8

En palabras del propio Menéndez Pidal, en su obra La España del Cid,

“es esencial que en la hueste del desterrado9 cooperen, para la empresa común, al lado de los castellanos, el asturiano…los caballeros aragoneses de…y los portugueses de…” (…) El vínculo ideal del héroe con su pueblo…ha de seguir indisoluble. La ejemplaridad del Cid puede continuar animando nuestra conciencia colectiva…”

El Cid, pues, como símbolo de lo que luego será la unidad nacional, genialmente presentida cuatro siglos antes de su constitución, si es que tomamos para esto la acción unificadora de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

Por todo esto, a lo que se añade su intrínseco valor literario, colocamos al Poema del Cid como la tercera de las obras en nuestra literatura nacional, ganando el bronce que faltaba en nuestro podio. Pero antes de colocarlo, reservemos alguna frase o verso del Poema que nos parezca lo más significativo para ponerlo junto a aquello de “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme y aquello otro de “No es verdad, ángel de amor / que en esta apartada orilla”.

Es, a mi parecer, lo más significativo, por un lado, el leit-motiv del poema cuando dice:

“¡Oh, Dios, que buen vasallo

si tuviese buen señor!”10,

así como, por otro, el apelativo del héroe al que se le conoce siempre como

“Mio Cid el Campeador,

el que en buen hora ciñó espada”.

Atención, además, a los “datos populares” de este personaje en la sensibilidad de nuestra conciencia colectiva, del que -y de ningún otro- podríamos con facilidad recordar el nombre de su caballo, Babieca, y de su espada, Tizona11.

Y para terminar con el Cid, no puedo evitar traer aquí la recreación -sólo un fragmento- que hace de la entrada del Cid en Burgos, camino del destierro, el poeta Manuel Machado, donde podemos apreciar la espléndida vitalidad del Cid en pleno siglo XX:

“El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en la punta de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga”.

Enorme y grandísimo poema que -polvo, sudor y hierro- inicia la cabalgada de España al trote de los siglos, comenzada en este punto cidiano bajo el ciego sol de la estepa castellana.

He aquí, pues, nuestro podio ya completo:

El Quijote, novela; Don Juan, teatro; El Cid, poema épico… Los tres géneros fundamentales del arte literario -poesía, teatro, narración- en el cuadro de honor de la literatura española:

-          El Cid, poema nacional por excelencia en la “formación” de España como tal nación.

-          Don Juan, drama nacional por excelencia, la “salvación por el amor” más allá de la muerte.

-          El Quijote, oro de oros, obra nacional por excelencia -que realmente es una obra de la “expansión”- con el idealismo perenne de la caballería andante.

Muchas otras reflexiones alberga la frente de este articulista sobre el tema presentado; sobre todo, de cómo podemos incorporar de manera brillante esta excelsa literatura nacional a nuestro vivir colectivo como españoles. Porque la idea-madre de todo esto es la idea de patria, de modo que todos los españoles sepamos levantar estos trofeos ganados en la larga carrera de los siglos de una España que no nos resistimos a dejar a la intemperie de la historia, antes al contrario a seguir avivándola en el fuego del hogar.

1 En griego, singular polis y plural poleis..

2 Según la leyenda, Homero era ciego.

3 Filósofo de la Historia italiano, hacia 1700

4  Así llamada esta obra, no por nada de Luis, sino de luso

5  El caso francés es curioso para ver cómo castiga la Historia al país del patriotismo narcisista que es Francia, con su chauvinismo (por un tal Chauvin) y su grandeur, con la carencia de un poeta nacional por antonomasia. De modo que ponemos Molière por eso que se dice de hablar la lengua de Molière.

6  Meditación de la muerte, en latín.

7 Ínclita generación, en portugués.

8 José Luis Abellán, en Historia crítica del pensamiento español.

9 El Cid fue desterrado por su rey Alfonso VI.

10 Por su mal señor, en el poema, el rey de León, Alfonso VI

11 En cuanto a caballos sólo le acompañan, en popularidad, un rocín, Rocinante, de Don Quijote, y Platero, el borriquillo del poeta Juan Ramón Jiménez., pero a muchos pasos atrás. En cuanto a espadas, no hay rival