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Visiones de España desde la filosofía de la historia

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UNA MÍSTICA COMÚN

Al margen de las ideologías políticas, no todos los españoles tenemos la misma concepción de España como sujeto de su propia Historia, aunque cuántos aquí nos reunimos en torno a este blog participemos, junto con tantos otros, en una mística común de la idea de patria.

Tampoco nuestros más caracterizados intelectuales, aún compartiendo casi todos el mismo sentimiento, nos han transmitido su “idea de España” de la misma manera, ni, por supuesto, con la misma vibración en las cuerdas vocales de su voz literaria. Graves o agudas, altas o bajas, armónicas o estridentes, queremos traer hoy aquí algunas de esas voces representativas en un difícil ejercicio de síntesis a que nos obliga el medio que utilizamos y sin irnos, en general, más allá del todavía, históricamente hablando, nuestro contemporáneo siglo XX.

ESPAÑA DESDE LA INTERIORIDAD

Hay, en primer lugar, en la visión de España, una postura centrípeta -ir adentro- frente a una postura centrífuga –alejarse del centro para ir afuera-o, para hablar en fácil, una postura intimista frente a otra más exteriorizada.

Característica de la primera o intimista es la consideración de Unamuno con sus conceptos de “casticismo” e “intrahistoria”, sublimemente elevados a realidad ontológica en la explicación del ser patrio. “Casticismo” es entraña propia e íntima, sin adherencias, de donde todo mana; “intrahistoria” es el dentro de la historia y, por lo tanto, la verdadera historia, un a modo de subconsciente donde se aloja lo más profundo y auténtico. “Que inventen ellos” -o sea, los europeos y americanos del norte-, grita con vehemencia el rector de Salamanca. Y es que para Unamuno la verdadera filosofía del ser español está en el Quijote y en los dramas de Calderón.

Postura igualmente centrípeta o intimista es la de Ganivet. En su “Idearium español” cree Ganivet encontrar la esencia de la patria en su propia interioridad, sin necesidad de empresas exteriores. “Noli foras ire, in interiori homini habitat veritas”[1] , repite con San Agustín el escritor granadino dirigiéndose a la patria. La verdadera potencialidad de España está aún virgen y se realizará cuando concentre en ella misma sus energías creadoras en lugar de dilapidarlas en aventuras externas. A esta postura la calificamos nosotros con el nombre de “virginismo”, recogimiento interior sin libidinosas expansiones.

La desviación patológica de estas actitudes desatentas a la acción de España extramuros la encontraríamos en el “comunismo apátrida” y en posturas que cabe acoger bajo la rúbrica de “nihilismo” que hoy no vamos a tener espacio para considerar. Desviación igualmente patológica, pero en el reverso de aquellas nihilistas, nos parece la “nostalgia renacentista” de Menéndez Pelayo, que no concibe España sino con la vuelta retrógrada a los valores de Juan Vives, el padre Vitoria, Melchor Cano o Fray Luis de León. Estatismo y fijismo en contra de todo dinamismo y evolución caracterizan, pues, esta postura del polígrafo santanderino, sólo que aquí la querencia de concebir a España en la plenitud de su centro se produce en un momento -son los siglos de oro- en que la nación, además de en el alma y el pensamiento, manda en la plaza.

Otras visiones de España que se sitúan en la esfera de su intimidad, a partir ahora del español concreto de carne y hueso, podrían apuntarse en Menéndez Pidal, propenso a establecer caracteres fijos del ser español, como sobriedad, idealidad o individualismo -también lo hará Salvador de Madariaga-, o García Morente, que dibuja en la figura del “caballero cristiano” el espejo del español esencial, un a modo de traje serio y hondo de la caricatura folclórica que hace creer al turista que todos los españoles somos toreros.

ESPAÑA DESDE LA EXTERIORIDAD

En la acera de enfrente de estas concepciones centrípetas o ir al adentro, se alza el edificio de los “centrífugos” o ir al afuera, donde viven aquellos que ven la esencia de la nación no desde su ser íntimo sino en su función de relación exterior. Moran aquí muchos inquilinos en el barullo de la calle, lejos de las tranquilas aldeas de Unamuno y de Ganivet o del exilio dorado en el tiempo de Menéndez Pelayo. Ahora bien, esa relación exterior puede ser de “proyección”, es decir, de impulso hacia delante, o de “inyección”, es decir, de recepción de alguna sustancia ajena en el propio organismo.

LA PROYECCIÓN DE ESPAÑA

La proyección, o impulso hacia delante, siempre se reviste de flor épica y galas imperiales. Ilustración de lujo es el penacho de vistosas plumas de la idea imperial de Carlos V y la monarquía austríaca que tiene, a su vez, la mejor de sus rosas en el verso famoso de Hernando de Acuña “un monarca, un imperio y una espada”, en espera de que, algo más tarde, perdida la izquierda “para mayor gloria de la diestra”, sean alzadas en todo su esplendor en la mano inmortal de Miguel de Cervantes, soldado de Lepanto, en “la mayor ocasión que vieron los siglos”.

Es inevitable, volviendo a nuestro tiempo, no fijarse en la frase rotunda y romana de José Antonio “España es una unidad de destino en lo universal” para poder entender la esencia de la patria en su vocación de proyección. Toda ella es, a un tiempo, gala imperial y épica flor, sin necesidad de poeta que la cante. Distintas formulaciones de esta idea tan grande como sencilla nos la dan la “Idea de la Hispanidad” de Maeztu, la “Mística del Imperio”, azul y nacional, en nuestra guerra civil, frente a la roja internacional “Mística del Pueblo” -tan interesante, por otra parte, en la inteligencia poderosa de Antonio Machado-, o “la Conciencia Hispánica” de Rubén Darío, español de Nicaragua, que va mucho más allá de sus “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda” como es generalmente conocido el vate de “Prosas profanas”.

LA INYECCIÓN DE ESPAÑA

Pero frente a esta proyección o impulso hacia delante que, como hemos visto, va siempre ligada a la idea de Imperio, ya sea imperio real o imperio espiritual, tenemos el punto de vista de España como receptora, o, como antes categorizábamos, como inyección o introducción de sustancia ajena en su organismo vivo. Es el pensamiento europeísta de los Madariaga -gran abanderado de la Europa cultural-, Ortega -germanófilo por formación-, D´Ors -no sólo francófilo sino también afrancesado-[2], Marañón, Pérez de Ayala y tantos otros que toman asiento en el moderno sofá de los tiempos en cuyo salón se sirve, junto al chocolate espeso, el té de las cinco, el café a la crème y el whisky escocés. España aquí ya no puede concebirse como gran estrella que ilumine otros mundos en unidad de destino en lo universal sino como modesto planeta que gira en torno del más brillante sol de la galaxia Europa.

Por eso Rubén Darío ahora le dirá al abuelo español: “Abuelo, preciso es confesároslo, mi esposa es de mi tierra, mi amante de París”. ¿De París? Avanzando el siglo ahora le diremos al abuelo que la esposa es española y la amante de New York.

CENTAURISMO Y SEMITISMO

Fenómeno interesantísimo y polémico es el creado por Américo Castro en su concepción de España. Sus tesis pueden incluirse, desde el punto de vista de la historiografía más ortodoxa, en el modo más absoluto de lo que nosotros filosofamos como inyección, es decir, recepción / introducción de sustancia ajena. Para Castro el ser español es una “urdimbre”, una “vividura”, una “morada vital” hecha de la convivencia medieval de cristianos, moros y judíos. Ese espíritu de mixtura se simboliza en la imagen del centauro -de ahí “centaurismo”- mitad hombre, mitad caballo, o sea, mitad semítico, mitad cristiano. La Reconquista es un desastre moral que supone la escisión de las tres castas religiosas que juntas habían integrado exitosamente la España medieval.

DONJULIANISMO

La filosofía de la historia de España que anuncia Castro, enormemente valiosa y sugerente en cuanto construcción intelectual, es totalmente sacada del quicio de la puerta del sentido común patriótico en tipos como Juan Goytisolo, un español renegado converso al Magreb que vive actualmente en Marruecos, o Antonio Gala, nostálgico galán del jardín omeya cordobés de los eunucos (entre paréntesis y entre nosotros, Gala y Goytisolo en la acera de enfrente de toda tradición o las tesis de Castro hechas carne por vía de inyección intramuscular).

Hay toda una zambra -nunca mejor dicho-[3] alrededor de este tema, como Juan Luis Cebrián y su retorcida frase “la insidiosa Reconquista” o las mociones suicidas del Parlamento andaluz de indemnizar a los descendientes de los moriscos. A estas actitudes -cuya razón de ser otro día explicaré- conviene el nombre de “donjulianismo”, en recuerdo lamentable de aquel conde traidor visigodo don Julián que en 711 abre el estrecho y el campo de Gibraltar la invasión musulmana.

La filosofía de la historia de España es un tema siempre abierto sobre el cual quien esto escribe ha meditado algo. Terminemos, desgraciadamente, en la más viva actualidad recordando que la llamada “Alianza de las Civilizaciones”, por lo que respecta a España, es el donjulianismo de la hora presente, delito de lesa patria que en el tribunal de nuestros corazones nosotros castigamos con la pena capital.

[1] “No vayas fuera, la verdad habita en el hombre interior”

[2] La cuestión de los afrancesados merecería, a estos propósitos, gran atención. Es el mejor ejemplo de “inyección”.

[3] Zambra: fiesta morisca con bulla y baile