Get Adobe Flash player

20D, el otro 11M que cambió nuestra historia

Share

 

¿Se imaginan qué sería ahora de España si nuestro potente ejército contase, al igual que las primeras potencias, mundiales con la bomba atómica? ¿Seguirían ninguneándonos en Europa y en el mundo? ¿Se imaginan cómo sería nuestra sociedad si la Constitución no hubiese permitido la existencia de partidos comunistas o separatistas? ¿Las bandas marxistas como ETA? ¿Los estragos de la droga en la juventud se hubiesen dado con igual virulencia? Evidentemente no.

Bien, pues ésta es la España que Carrero Blanco persiguió y por ello fue asesinado, para dejar el camino libre a todos aquellos que… ¿querían la democracia? No señores, por mucho que nos cuenten los voceros del régimen, la democracia fue diseñada y gestada desde el propio Movimiento, pero una democracia con sutiles diferencias que hubiesen evitado algunos terribles males que vamos a padecer. Quiero hablarles de ese otro 11M, ese otro atentado extraño que izquierdizó la nación cambiando nuestra historia.

ESPAÑA, POTENCIA NUCLEAR

Durante dos décadas nuestro país estuvo coqueteando con el arma más potente creada por el ser humano: la bomba atómica. En 1963, el entonces director de la Junta de Energía Nuclear, el ingeniero y almirante de la Armada José María Otero Navascués, encargó un estudio sobre las posibilidades reales que tenía nuestro país de construir una bomba atómica sin alertar a la comunidad internacional. Esta responsabilidad recayó en el catedrático de Física Nuclear y general de Aviación, Guillermo Velarde.

Los primeros resultados fueron un fiasco. Los especialistas españoles no conocían los detalles técnicos para la fabricación del artefacto . Poseer la capacidad técnica para fabricar la bomba significa detentar un estatus superior en el mundo. Y Franco lo sabía. Con espinas clavadas como el mantenimiento de la posesión británica de Gibraltar o las aspiraciones marroquíes de invadir nuestro territorio, los sucesivos gobiernos se negaron a firmar el Tratado de Proliferación Nuclear (TNP) que obliga a los países signatarios a renunciar indefinidamente a las aplicaciones militares de la energía nuclear.

Tres años después, tras el conocido incidente de Palomares que llevo a Fraga Iribarne a lucir un espantoso traje de baño, el accidente de un avión norteamericano en la localidad almeriense de Palomares, en el cual se perdieron sobre territorio español cuatro bombas de hidrógeno, supuso un nuevo impulso al proyecto. Los técnicos españoles, encabezados por Velarde, encontraron en la zona restos de la bomba, y entre ellos los detonadores que les permitieron resolver las muchas dudas que albergaban. Rápidamente copiados se volvieron a depositar en el lugar los restos que más tarde hallarían los norteamericanos tras su operación de búsqueda, Broken Arrow.

En 1968 se instala en la sede de la JEN, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el primer reactor rápido nuclear español, el Coral-1, con capacidad para trabajar con plutonio de grado militar. Estos reactores rápidos funcionan con este material o con uranio enriquecido al 90% (U-235). Los primeros gramos de plutonio, los únicos en el mundo que no fueron fiscalizados por la OIEA (Organismo Internacional de la Energía Atómica, encargada de velar por la no proliferación), vieron la luz doce meses más tarde, en 1969, en el más absoluto de los secretos. El sueño español ya era una realidad. Ya en la década de los 70, la carrera española en busca de “la madre de todas las bombas” se disparó definitivamente.

En 1971 el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) elaboró un informe confidencial en el que señalaba en sus conclusiones que “España podía poner en marcha con éxito la opción nuclear militar”. Según este estudio nuestro país podía dotarse rápidamente de su propio armamento nuclear utilizando las instalaciones de las que ya disponía. Se subraya la importancia de la central de Vandellós como fuente de plutonio militar. Por último, el estudio indicaba la posibilidad de realizar la primera prueba nuclear en el desierto del Sáhara, con un coste aproximado de 8.700 millones de pesetas de entonces. La obtención del plutonio suficiente para construir la bomba (seis quilos), en un país cuyo subsuelo contenía las segundas mayores reservas de uranio natural de Europa, ya no era una utopía.

Se daba la particularidad de que la central de Vandellós I, la misma que sufrió un accidente en 1989, era de tecnología francesa y utilizaba uranio natural. Además, sus residuos eran ideales para ser reprocesados y obtener más combustible. En aquella época Francia, como potencia atómica, no permitía a la OIEA inspeccionar sus instalaciones nucleares. La central se inauguró después de un acuerdo de colaboración firmado entre Carrero Blanco y su admirado general De Gaulle. José María de Areilza, entonces embajador español en París, fue el encargado de negociar los términos de la cesión del uso de la central a espaldas siempre del “amigo” americano.

Antes de ser asesinado, Carrero Blanco mantuvo una entrevista con el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, sobre este tema. El almirante siempre mimó este proyecto. Según algunos informes confidenciales desclasificados por el Servicio de Inteligencia Militar de EEUU, España estaba almacenando plutonio para fabricar una bomba nuclear, desviándolo de los controles de la OIEA. El secretario de Estado americano, que no consiguió que España firmase su adhesión al TNP, sí se llevó clara una idea: la confirmación de la voluntad nuclear con fines militares de España hacía necesario un “estrecho control” sobre estas actividades.

EL ASESINATO DE CARRERO BLANCO

El 20 de diciembre de 1973, meses después de que Franco hubiera nombrado a Carrero como presidente del Gobierno, ETA atentaba en pleno Madrid acabando con la vida del militar. A los pocos días la policía identificaba a varios miembros del comando Txikia, autores del atentado. Entre ellos, Javier María Larrateguí Atxulo, José Miguel Argala (asesinado en diciembre de 1978), José Ignacio Múgica Arregui Ezquerra, o Pedro Ignacio Pérez Wilson, también conocido como el inglés.

La víspera del crimen, Carrero y Kissinger habían pactado explícitamente que mantendrían secreto el contenido de su conversación, incluso entre los altos cargos de sus respectivas administraciones. El diálogo giró en torno al comunismo y la guerra fría, según figura entre los documentos desclasificados por la Administración norteamericana, lo mismo que el borrador y la nota secreta que el Secretario de Estado envió a la Casa Blanca. La conversación, en teoría transcrita en su integridad y calificada de secreto sensible muestra a un secretario de Estado muy interesado en hablar del problema de Oriente Medio y a un Carrero muy preocupado con el comunismo: ”Los rusos son los que más están sacando de esta situación. No sé qué piensa usted, pero creo que los comunistas son iguales hoy que hace 50 años. Sus objetivos no han cambiado. Están intentando debilitar a los países no comunistas para su propio beneficio…”.

Tras la entrevista Carrero Blanco transmitió la sensación de que había sido amenazado. Los estadounidenses le ofrecieron todo tipo de ayuda si España olvidaba su pretensión de convertirse en potencia nuclear y suscribía el TNP. La conversación entre ambos subió de tono, Kissinger afirmó que España se estaba convirtiendo en una nación peligrosa, a lo que Carrero replicó, rebajando el tono que lo que sucedía era que España se estaba convirtiendo en una nación importante. Kissinger sentenció: “Si pero es que cuando España es importante, es peligrosa”. Tan sólo 24 horas después de esta tensa entrevista y de la negativa española de ceder en su pretensiones, Carrero era asesinado; su muerte, a manos de un incipiente grupo marxista, guarda mucha relación con la del presidente italiano Aldo Moro secuestrado, torturado y asesinado por las Brigadas Rojas tras una entrevista con Kissinger.

Aldo Moro, entre sollozos, contó a su mujer que fue amenazado por el secretario de estado americano. Ninguna de las teorías para explicar el asesinato del presidente español ha aportado pruebas suficientes. Treinta años después del magnicidio de ETA, existen informes que circularon entre los servicios de espionaje españoles, según los cuáles la CIA pudo ayudar a los terroristas etarras. Uno de los documentos apuntaba que los americanos trajeron desde Fort Bliss varias minas para potenciar el explosivo que los etarras pusieron en la calle Claudio Coello. Aquella mañana del 20 de diciembre en Madrid, el presidente Carrero Blanco se dirigía a su domicilio después de oír misa en la iglesia de San Francisco de Borja, como era su costumbre. Su coche, un Dodge Dart negro, llegó a la calle Claudio Coello y una tremenda explosión lanzó al vehículo a más de 20 metros de altura hasta caer en una terraza interior de la residencia del provincial de los Jesuitas. Carrero y otras dos personas resultaron muertas.

Desde la calle sólo se percibía un gran cráter que rápidamente se llenó de agua y un intenso olor a gas que en un primer momento hizo pensar a los periodistas que allí acudieron que había sido un accidente. Kissinger comunicó de inmediato lo sucedido al presidente Nixon y lo hizo en el memorándum secreto 6720 que escribió con el apoyo del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos. “El Presidente español (Primer Ministro), Luis Carrero Blanco, ha sido asesinado” comenzaba el texto y del que hoy conocemos tanto el borrador como el texto definitivo transmitido a Washington. “La muerte del Presidente Carrero Blanco esta mañana elimina la mitad de la doble sucesión que Franco había organizado para sustituirle. Carrero iba continuar como el Jefe del Gobierno y el príncipe Juan Carlos, que había sido designado heredero en 1969, iba a convertirse en Jefe del Estado después de la muerte o incapacidad de Franco”, escribió inicialmente Kissinger que luego tachó la palabra presidente. Luego escribió: “Si el incidente de hoy diera como resultado una actividad terrorista generalizada, Franco podría inclinarse por mirar hacia los militares en busca del siguiente Primer Ministro. …Franco tendrá dificultades para encontrar a otra persona en la que pueda depositar tanta confianza”.

Tres días más tarde la CIA emitía un boletín de máximo secreto en el que tranquilizaba a la Casa Blanca al informar que “la atmósfera general (española) se ha vuelto más normal después del funeral del primer ministro Carrero. La policía ha identificado a seis terroristas vascos como los asesinos y está dando los pasos para detenerlos”. En los servicios de espionaje españoles circuló la tesis avalada por un informe entregado al Fiscal del Tribunal Supremo Fernando Herrero Tejedor, acerca de la supuesta implicación de la CIA y la DIA (servicios civiles y militares norteamericanos, respectivamente).

Curiosamente Herrero Tejedor, que era también ministro Secretario general del Movimiento, murió año y medio después en un extraño accidente de tráfico cuando un camión se echó encima de su vehículo en el kilómetro 108 de la carretera de Madrid a La Coruña, en el término de Adanero. En el citado informe que fue entregado al Fiscal General se daba cuenta de “la llegada a la base entonces norteamericana de Torrejón (Madrid) de diez minas terrestres anti-tanque procedentes de Fort Bliss” en EE UU. La particularidad de estas minas era que iban provistas de sensores acústicos y electrotérmicos extremadamente sensibles, capaces de ser manejadas por control remoto tras detectar determinado calor o sonido. Estas minas, extremadamente sofisticadas para la época no precisaban cables, y ya habían sido empleadas, aunque en una versión menos avanzada, en la defensa de Quang Tri (Vietnam).

Tras su llegada a Torrejón de Ardoz el paradero de los artefactos fue confuso, y a ciencia cierta nadie sabía donde se encontraban. El informe especulaba sobre la posibilidad de que fuesen destinadas para atentar contra algunas “altas personalidades”, incluido el Jefe del Estado, general Francisco Franco. Sin embargo, en ninguno de los documentos que circularon antes del magnicidio se insinuaba la posibilidad de que el destinatario fuese el Presidente del Gobierno, Carrero Blanco. Después del asesinato del Almirante en los servicios secretos se especuló con que una o dos de las minas anti-tanques pudieron haber sido colocadas la noche anterior en el túnel que los etarras habían excavado en la calle madrileña de Claudio Coello 104.

En esa época responsables de los servicios de información militares y de la Policía sostuvieron que la luz verde de hacer “volar” a Carrero la dio el propio Kissinger, cuando constató la divergencia de fondo entre el diseño de transición política impuesta por Washington y la pensada por el Almirante. La propia organización terrorista ETA no ha contribuido precisamente a dilucidar el misterio del atentado. Siempre ha aludido a que estaba en posesión de una “garganta profunda”, un “tercer hombre”, del que nunca se supo la identidad, y que pudo haber trabajado para uno o varios servicios a la vez. Fue éste quien informó a ETA de los hábitos e itinerarios del Almirante, que facilitaron la organización del atentado. Un año más tarde los autores del atentado, que en su mayoría se refugiaban en el País Vasco-francés, publicaron un libro, Operación Ogro, bajo el pseudónimo de Eva Forest, en el que exponían su versión de la historia, en él detallan cómo la posibilidad de acabar con Carrero les fue sugerida por personas fuera de la organización, alguna de ellas extranjera (La Transición. 1986, El Arma del Pueblo).

La mayoría de ellos se benefició de la amnistía de marzo de 1977. Lo que es evidente es que la lucha del nacionalismo vasco contra la energía nuclear y los intereses de Washington son coincidentes. ETA iniciará una cruzada, en especial contra la central de Lemoniz, asesinando a ingenieros y trabajadores en diversos atentados hasta lograr su cierre. Según los documentos desclasificados tras los 25 años de la muerte de Carrero sería en esta central donde España estaría elaborando su arma definitiva.

LOS PROYECTOS CONTINUAN

Pero los que creían que la muerte del Franco iba a suponer un cambio significativo de la postura pronuclear española se equivocaron. Las presiones norteamericanas, ya con James Carter como presidente para que España firmara el TNP continuaron. Sin embargo, en 1976, el ministro de Asuntos Exteriores hispano, José María de Areilza, volvió a reconocer que nuestro país estaría en condiciones de fabricar la bomba “en siete u ocho años si nos pusiéramos a ello. No queremos ser los últimos en la lista”.

Las dudas se hicieron mucho más intensas cuando en 1977 se conoció públicamente el alcance tecnológico de las instalaciones nucleares previstas para el llamado Centro de Investigación Nuclear de Soria (CINSO), en la localidad de Cuba de la Solana. El proyecto se aprobó 45 días después de la muerte de Franco en un Consejo de Ministros presidido por Arias Navarro. Los investigadores norteamericanos se asustaron al averiguar que en la planta piloto ideada para convertir el uranio en plutonio se podían hacer 140 kilos al año.

“El entonces ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, fue uno de los grandes impulsores de este plan gracias a las simpatías que gozaba por parte de altos mandos militares formados desde los años 50 para este fin”, asegura Ladislao Martínez, portavoz de Ecologistas en Acción. Pero Jimmy Carter no estaba dispuesto a que un nuevo país se sumara a la carrera armamentística que él trataba de frenar. Por eso, en sus cuatro años de mandato (1976-1980) emprendió una auténtica campaña contra los estados que no habían suscrito el TNP. Además, Estados Unidos estaba obsesionado con que la OIEA inspeccionara las instalaciones sospechosas españolas: en caso de impedir esta inspección, EEUU congelaría las exportaciones de uranio enriquecido a nuestro país, lo que supondría el parón industrial de las centrales nucleares civiles que ya funcionaban.

Finalmente, el 1 de abril de 1981, España acabó aceptando las condiciones impuestas por los norteamericanos y firmó un acuerdo de salvaguardias con la OIEA para someter estas instalaciones a verificación constante. Curiosamente, esta decisión fue adoptada el 23 de febrero anterior, el mismo día de la intentona golpista del teniente coronel Tejero. Esta decisión supuso la última oportunidad española para dotarse con armamento nuclear propio. La firma del Tratado en 1987 por parte del Gobierno de Felipe González, se considera algo ya puramente simbólico.

Como vemos nuevamente, en el desguace nacional que padecemos en todos los órdenes, la izquierda radical y separatista sirve a todo aquel que quiera destruir a España. Esta es la historia que no contarán en “Cuéntame”, serie gracias a la cual las generaciones de jóvenes ignorantes y teleadictos creerán que ETA hizo un gran servicio a la libertad asesinando a Carrero Blanco. Toda una bendición de magnicidio.