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La batalla de las Navas de Tolosa (I)

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La batalla de las Navas de Tolosa (Jaén) en 1212 supuso la entrada de los cristianos en el corazón de Al-Andalus conquistando poco después todo el valle del Guadalquivir. La victoria de los cristianos aliados (castellanos, navarros, aragoneses y franceses) contribuiría al derrumbe del imperio almohade y a la rebelión de los andaluces para liberarse de ellos con lo que la desunión musulmana facilitaría aún más la conquista castellana.

La carga de los tres reyes

Las espadas de los héroes medievales tenían nombre, y cuando en el campo de batalla moría aquel que las llevaba, también ellas morían y eran enterradas junto con sus dueños. La madrugada del lunes 16 de julio de 1212, en una colina de Jaén conocida como la mesa del Rey, las espadas temblaban al fuego de las hogueras. Al mando de los reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, más de 12.000 hombres acampados en unas 600 tiendas contaban las horas que restaban hasta el amanecer.
¿Cuántas espadas morirían aquel día…? Los prelados repartían las absoluciones y oficiaban misas, y los escuderos pertrechaban a los caballeros. A las seis de la mañana, el cuerpo militar, dirigido por Don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya, inició el descenso de la Mesa; y los arqueros a la vanguardia enemiga les dieron la bienvenida con una lluvia de flechas. A menos de tres kilómetros de allí, el ejercito almohade aguardaba su hora...Todo estaba listo para una batalla que iba a cambiar el curso de la historia.
Pero...¿Quiénes eran los Almohades?

El término se deriva de al-muwahhidun (los unitarios). Sostenían el dogma de la unidad de Dios en toda su pureza coránica, constituían un imperio de amplias miras expansionistas, y sus primeras incursiones en España databan de 1147. En Sevilla erigieron, entre otros monumentos, La Giralda y la Torre del Oro; pero en su integrismo no dudaron en poner coto a la ciencia y las artes de su época; y personalidades como Maimónides, el gran médico y filósofo judío, o el filósofo musulmán Averroes sufrieron la represión y el exilio. En el norte de África habían acabado con la decadencia de los almorávides y habían unificado Al Ándalus tras su fragmentación en reinos independientes, las llamadas segundas taifas. No obstante, su esplendor empezaba a decaer: si el califa Almansur había infligido en Alarcos (1195) una de las derrotas más sonadas al castellano Alfonso VIII, su hijo Al-Nasir pagaría con creces la humillación, justo diecisiete años más tarde.

Al-Nasir, hijo de una esclava cristiana, tenía los ojos azules y era tartamudo. Llevaba el título de Miramamolín o Comendador de los Creyentes. Desde su tienda situada tras un palenque en lo alto de una montaña, observaba el campo a sus pies. Las defensas eran buenas. La disposición, perfecta. Lo protegía una muralla de etíopes encadenados y armados con lanzas; y lo acompañaban, además de sus pensamientos, un escudo, una espada, un caballo, y un ejemplar del Corán ornado con piedras preciosas.

Los tres Reyes

Cinco reinos configuraban la armazón de la península a principios del siglo XIII: Castilla, Aragón, León, Navarra y Portugal. El rey Alfonso de Castilla era un hombre maduro y experimentado que frisaba los sesenta. Tan solo un año antes había sufrido la muerte de su hijo, el heredero Fernando, víctima de unas fiebres. Huérfano de padre y madre desde los tres años, poderosas familias castellanas había rivalizado por su tutela. Su mujer, la princesa Leonor de Inglaterra, le dio once hijos; y su reinado estuvo marcado por sus constantes luchas contra los almohades, unas luchas que debilitaron el poder de Castilla y de las que sus vecinos, León y Navarra, intentaron sacar tajada. Sus relaciones con estos reinos fueron, cuando menos, delicadas, y en los momentos más difíciles sólo pudo contar con la fidelidad de los Aragoneses. Sin embargo, en 1212, logró asociar a su causa a Sancho el Fuerte de Navarra, así llamado por su gran corpulencia y altura -¡medía más de dos metros¡-, quien marchó “con los suyos a la derecha del noble rey”.

Entre tanto, el otro gran enemigo del castellano, Alfonso IX de León, quedaba teóricamente paralizado ante la amenaza de excomunión del Papa si osaba “dañar a los cristianos”. La advertencia cayó, no obstante en saco roto, y al leonés le faltó tiempo para aprovechar la marcha al sur de su tocayo y atacar sus fronteras. Pedro II de Aragón, primo del monarca castellano, fue el tercer rey que cabalgó hacia el tablero de Sierra Morena en 1212. Como Sancho de Navarra, era un hombre bravo y fornido; pero, a diferencia del anterior, no se unió a la coalición en el último momento.

La cruzada según Inocencio III

Al-Nasir decidió iniciar una nueva agresión contra Castilla en febrero de 1211. La conquista de la fortaleza de Salvatierra, a la sazón en manos de la orden de Calatrava, significó, en septiembre de ese mismo año, la victoria más prominente para los almohades, pero, a la vez provocó la Gran Cruzada que el rey Alfonso promovió para el año siguiente. El Papa Inocencio III tenía la llave para mover a la Cristiandad a una lucha que habría de cambiar el curso de la historia. El arzobispo de Toledo y gran cronista de la batalla, Rodrigo Jiménez de Rada, iniciaría los movimientos diplomáticos en distintas cortes europeas para aunar fuerzas contra los almohades, pero fue el obispo de Segovia quién llegó al Vaticano para entrevistarse con el Papa a comienzos de 1212. Inocencio III simpatizaba con la causa de Alfonso VIII, a quién escribió dándole su visto bueno, y decretó la remisión de los pecados para todos aquellos que lucharan al lado de los cristianos. El objetivo: detener a Al-Nasir, que, en realidad, amenazaba a toda la cristiandad.

Los preparativos militares

Todos los cruzados llamados a la campaña se dieron cita en Toledo el 20 de mayo de 1212. La capital del Tajo bullía de tropas peninsulares y extranjeras, en este caso mayoritariamente francesas. La tensa espera hacía que los tumultos estuvieran al orden del día, y la judería fue atacada por los ultramontanos más fanáticos y, significativamente, defendida por los caballeros castellanos. El arzobispo de Narbona, entre otras personalidades, acompañaba a los cruzados europeos que, finalmente partieron de Toledo el 19 de junio, un día antes de que los españoles hicieran lo propio.

El itinerario del viaje, hasta el decisivo encuentro con los almohades en el campo de las Navas, cerca de la población de Santa Elena, incluyó las paradas de Malagón, Calatrava la Vieja,

Alarcos (donde Alfonso pudo resarcirse de su derrota de 1195), Benavente, Piedrabuena, Caracuel y Salvatierra. De esta última fortaleza los cruzados pasaron de largo por razones estratégicas, pero todas las demás las conquistaron en un plazo inferior a un mes. Los presagios eran buenos. Sin embargo, no puede decirse que el trayecto fuera un camino de rosas. La toma de Calatrava, por ejemplo, vino acompañada de la deserción de gran parte de los extranjeros. El porqué de este abandono no tiene una razón concluyente, si bien parece que la negativa de Alfonso VIII a degollar a los musulmanes vencidos no satisfizo a los desleales, que emprendieron su camino de vuelta a Toledo. A pesar de todo Sancho el Fuerte de Navarra se incorporó en Salvatierra con doscientos caballeros a las tropas castellano-aragonesas. Los tres reyes estaban por fin juntos.

El 12 de julio llegó el ejército cristiano al pie de Sierra Morena y nuevas tropas reforzaron a la vanguardia instalada en la meseta del Muradal. Al amanecer del día 13, el resto del ejército se les unió y acampó en la llanada. Los vigilantes almohades abandonaron prudentemente el castillo del Ferral y se replegaron hacia el sur. Los dos ejércitos estaban separados solamente por el desfiladero de la Losa, fuertemente custodiado por los almohades. La situación de los cristianos era delicada. Sus enemigos podrían hacer, sin dificultad, una carnicería de cualquier ejército que se aventurase por aquellas angosturas. Por otra parte, el paraje donde habían acampado los cruzados era áspero e inhóspito.

Quizá lo más sensato fuera abandonarlo lo antes posible y bajar de nuevo al llano porque, además, los víveres escaseaban nuevamente. Avanzar hacia el ejército almohade a través de la mortal ratonera de la Losa era suicida. Hubo consejo de reyes y señores. Los más prudentes proponían desandar lo andado, descender al pie de la sierra y buscar otro paso que atravesara las montañas. Pero Alfonso VIII temía que esta retirada acabara por agotar y desmoralizar a sus huestes. Por otra parte, lo más probable era que los almohades guardaran igualmente todos los pasos de la comarca. No había alternativa. Tratarían de forzar el desfiladero de la Losa yendo en línea hacia el enemigo. La perspectiva de repetir lo de Alarcos debió de amargar aquel día a muchos veteranos.

Continuará.

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