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Economía y valores

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La Italia de Mussolini y la Alemania nacional-socialista se oponían por igual al capitalismo y al comunismo. El gobierno ejercía una labor “directiva” y controlaba eficazmente la producción y asignación de recursos (no hay más que ver la meteórica recuperación de la economía alemana durante la década de 1930).

“Toda actividad económica sirve al Bien Común”. Así reza el artículo 151 de la Constitución Federal de Baviera. Un principio programático con una “música” similar a muchos de los que se pueden encontrar en nuestra Carta Magna, a los cuales les ha sido negada la “eficacia o aplicabilidad directa”. Estas seis palabras en alemán han servido de inspiración al joven profesor Christian Felber (Salzburgo, 1972) para comenzar la construcción de su novedoso y rompedor modelo: la Gemeinwohl-Ökonomie, o “Economía del Bien Común”. Desde finales de la década de 2000, con todo el sistema de instituciones comunitarias, estatales y financieras al borde del colapso ante el avance de la crisis económica, las teorías de Felber vienen pisando fuerte y ganando cada vez más adeptos entre la masa social.

Nos encontramos en un contexto que bien podría acercarse (desde mi punto de vista todavía no llega a tanto) a la Gran Depresión de 1929. Las causas de la crisis son distintas, las magnitudes a considerar no pueden compararse y tanto el mapa geopolítico como la sociedad han cambiado considerablemente. En cualquier caso, el sentimiento de la ciudadanía, fruto de la incertidumbre, el enfado, la desesperación y el miedo es similar al de entonces: se exige que la sociedad genere valores para dar nuevo sentido a la Economía como ciencia aplicada. Las ideas de Felber, al menos en su formulación teórica, parecen una buena respuesta a esta demanda social. Su objetivo es adaptar el sistema capitalista (donde priman la maximización de beneficio y  la competencia entre oferentes por convertirse en elección del consumidor) a principios “de justicia” como el que acabamos de citar de la Constitución bávara. A modo de esbozo, podemos resumir su propuesta en unas cuantas ideas:

Para Felber, uno de los problemas del sistema económico actual es la forma de medición macroeconómica para diagnosticar si un Estado o un territorio “va bien” o “va mal”. Esto es, pone en duda la capacidad explicativa de las “macromagnitudes” utilizadas hasta la fecha. La evolución de la Economía no debe medirse –según su punto de vista- por la cantidad de dinero obtenido (PIB, Renta Nacional…) sino con lo que denomina el “balance del bien común” (a nivel de empresas) y el “producto del bien común” (a nivel agregado o “de Estado”). El balance del bien común (concepto que se antoja extremadamente complejo de definir, todo sea dicho) se convertiría en el principal integrante de las cuentas anuales de las empresas. Cuanto más social, ecológica y solidaria sea su actividad, mejores serán los resultados arrojados por el balance de bien común. Si se consigue que las empresas en una economía nacional mejoren los resultados del balance, mejorará a su vez el producto del bien común. Este sistema ideado por Felber ha sido implantado voluntariamente a pequeña escala por un grupo de empresas de distintos países desde octubre de 2010. Estos “pioneros” se han puesto de acuerdo para trazar un proyecto de economía del bien común y seguir sus pautas. Resultado: el grupo se ha ido convirtiendo con los meses en un movimiento político capaz de presionar al gobierno austríaco para la promulgación de leyes sobre economía sostenible.

La dinámica incentivadora subyacente a la idea de Felber implica que las empresas con buenos balances de bien común disfrutarían de ventajas legales como unos tributos más reducidos, créditos a un tipo de interés más bajo, privilegios en los procedimientos de adjudicaciones o concesiones de obras públicas, etc. De este modo, se conseguiría que fuera más fácil la entrada en el mercado para los agentes “éticos” o “socialmente responsables”.

No cabe duda de que la que pasará a la Historia como “la crisis de 2008” es, igual que lo fue la de 1929, una crisis del capitalismo en su versión más “salvaje”. La filosofía neoliberal de Milton Friedman y de la escuela del “supply-side” salió muy reforzada en su día tras predecir la crisis de la economía estadounidense de los años 70 y explicar el fenómeno de la  “estanflación”. Ronald Reagan incorporó esta “ideología” a su programa político de los años 80 como un dogma de fe y el único camino posible. Tras la caída de la Unión Soviética, el neoliberalismo adquirió la categoría de “pensamiento único” a nivel mundial: parecía que Friedman había ganado la partida a Keynes en la magna tarea de “salvar el capitalismo”, y además había conseguido que Estados Unidos venciese en su particular batalla contra la Unión Soviética al marcar un ritmo en la carrera armamentista imposible de seguir. Pero esto, como se constató en 2008, no era más que una ilusión. La economía norteamericana quedó en evidencia como un “gigante con pies de barro”: un crecimiento basado en una deuda perpetua y en las veleidades de la “economía ficticia”. Un modelo de naturaleza inestable, propicio para el desarrollo de burbujas de activos sin intervención estatal que frenara su eclosión, y que, por si fuera poco, se había extendido como una epidemia al resto del mundo.

La respuesta social a la crisis se está viendo en todos los medios de comunicación: movimientos ciudadanos teóricamente espontáneos (aunque dicha “espontaneidad” resulte más bien poco verosímil), que exigen la destrucción del “sistema” impuesto, para “crear” uno nuevo. El sentimiento de indignación es elevado entre todos los ciudadanos que padecen esta crisis, de una manera más o menos directa, eso es indiscutible. Pero los movimientos como los que están tomando forma (“Rodea el Congreso”, “Toma la Calle”, etc.), sociológicamente no son “algo nuevo” como se nos pretende hacer creer, sino que representan un regreso al pasado. La imagen que ofrecen es de “seguidores de Rousseau”, el ilustrado que situó por primera vez la soberanía en el pueblo (vid. “El Contrato Social”), despojando de la misma al “príncipe”/“gobernante”, a quien Hobbes había coronado “soberano” un siglo antes (vid. “Leviatán”). Rousseau en su obra ya proponía un gobierno basado en “asambleas” populares, que deliberasen sobre todas y cada una de las decisiones a adoptar. Esa es, a priori, la carta de presentación de estos nuevos movimientos populares en el plano “político”. En lo económico, su raíz es claramente marxista, con ribetes anarco-sindicalistas. Y es aquí donde reside la amenaza de nuestro tiempo: en el retorno del marxismo bajo una fachada política de “democracia asamblearia” rousseauniana.

La pervivencia del comunismo hasta nuestros días se debe a que, como muchos autores han señalado (incluidos algunos anticomunistas fervientes como Pío Moa), es una ideología muy fuerte. Al contrario que el socialismo utópico de su tiempo, que acabó siendo visto por los obreros de su tiempo como teorías filantrópicas de ricachones con tiempo libre y barriga llena como Saint-Simon o Cabet, Marx desarrolló una doctrina cuasi-científica, basada en la aplicación de la filosofía hegeliana a la Historia de la Humanidad. El marxismo es seductor para las masas por ofrecer una visión tan sencilla de todo: cualquier ciencia, arte, disciplina o manifestación cultural no es más que una porción de la “superestructura” construida sobre la base de la Economía, la “ciencia primera”, que todo lo determina. A su vez, la historia de la Economía se reduce a una lucha permanente entre dos grupos antagónicos: la clase dominante y la clase dominada. Distintos nombres, distintos modos de dominación a lo largo de la Historia, pero siempre la misma contraposición de fuerzas en pugna: el comunismo es, un modelo destructivo e inestable per se. Su cosmovisión es la de un constante enfrentamiento, que solo verá su fin cuando la clase proletaria haya vencido a las demás, y se alcance la igualdad de todas las clases sociales. En un sistema marxista no es admisible la idea de que un empresario y sus asalariados puedan tener el mismo objetivo: el empresario, por su mera condición, será siempre el enemigo natural del trabajador. Del mismo modo, los términos “Nación” o “Estado” son creaciones de la burguesía, producto de la superestructura, y carentes de sustancia real. Un proletario español deberá unirse a los proletarios sudamericanos o africanos en la lucha contra la opresión, sin pararse a pensar que el obrero europeo pueda compartir más intereses con su patrón por motivos de raza, cultura o religión. La desaparición de las fronteras y la unión de todos los pueblos de la tierra están anunciadas en el himno de la Internacional y en las protestas de mayo del 68; los mismos tambores de guerra que resuenan ahora en las calles y que hace apenas unos días trataron de tomar el Congreso para imponer “su” sistema. Frente a este tipo de propuestas, personalmente prefiero el modelo de Felber, que trata de dar “rostro humano” a la Economía, y llenarla de “valores”.

Pero he aquí que tampoco hay nada nuevo bajo el sol en el caso de Felber. Utiliza el concepto “Bien Común”, extraído de la Doctrina Social de la Iglesia en alguna de sus encíclicas (por ejemplo “Laborem Exercens” si no recuerdo mal). Eso ayuda a “maquillar” un poco su teoría, que ya fue puesta en práctica en su momento. Durante las revoluciones nacionales que tuvieron lugar en Europa durante la década de los años 20, y principalmente de los 30 del pasado siglo, se aplicaron programas económicos (muchas veces sin verdadera consciencia de estar aplicando un programa) similares a la “Economía del Bien Común”. La Italia de Mussolini y la Alemania nacional-socialista se oponían por igual al capitalismo y al comunismo (de manera similar a la Doctrina Social de la Iglesia, que, sin llegar a pronunciarse del todo, sitúa el sistema ideal en un “punto medio” entre estas dos teorías). El gobierno ejercía una labor “directiva” y controlaba eficazmente la producción y asignación de recursos (no hay más que ver la meteórica recuperación de la economía alemana durante la década de 1930). Las industrias de especial relevancia eran nacionalizadas (al contrario que en el liberalismo); pero por otra parte la economía estaba basada en la propiedad y la iniciativa privada, aunque siempre al servicio del Estado. El verdadero logro de estos sistemas fue instaurar el corporativismo y la colaboración de clases, definiendo a la empresa como una “comunidad de intereses”, contrariamente al campo de batalla preconizado por el marxismo. El fascismo defendió siempre el rol del Estado como mediador en las relaciones entre estas clases, para la búsqueda de lenitivos a las desigualdades sociales. Es decir, poniendo todos los medios para que la economía convergiera hacia el Bien Común, pasando a ser aquélla un medio y no un fin. Si a algo se asemeja la teoría de Felber, es a esta “tercera vía”, aunque decirlo pueda resultar “chocante” o “políticamente incorrecto”.

Estamos en un momento clave para la Humanidad. La Historia del siglo XXI será la misma del siglo XX, con sus matices y sus peculiaridades, pero con un guión de estructura muy similar. El capitalismo neoliberal ha fracasado y las nuevas-viejas ideologías se disputarán la plaza que tenía aquél como rector del destino mundial. Cuando la crisis alcance su punto álgido (que aún está por llegar), la que más fuerza y más aceptación social inicial tendrá será el comunismo (véase el ascenso de Syriza en Grecia), por su buena imagen y por la conciencia de muchos individuos de pertenecer a una clase media que deja de ser media para convertirse en “lumpen-proletariat”, en términos del propio Marx. El único antídoto contra ello es dotar de valores a la Economía, fomentar un espíritu de unión dentro de la propia Nación entre todos los individuos que la conforman: un discurso interclasista orientado a la cooperación, la caridad, la cultura del esfuerzo, el espíritu de sacrificio y el respeto a la propiedad que se contrapongan a la lucha de clases internacionalista, interracial e intercultural que sólo puede conducir, como está demostrado, a un baño de sangre y a una pérdida total de identidad: una deshumanización de la sociedad. El tablero está dispuesto, y la partida por el siglo XXI va a comenzar.

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