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La deuda impagable

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Hace ya muchos años, llegó a América un emigrante italiano con ganas de hacerse rico. Se llamaba Carlo Ponzi, y para ver cumplido su sueño decidió dedicarse a las compraventas de sellos. Lo cierto es que lo consiguió, pero sus métodos le costaron la cárcel.

Mucho tiempo después, hubo una empresa en España llamada Afinsa. Sus dueños decidieron seguir (de forma algo más sofisticada) las enseñanzas del pícaro italiano para hacerse ricos también. Se documentaron debidamente en busca de puntos débiles en la legislación contable española (puntos débiles que los idiotas ahora llaman “loopholes”). La actividad que durante algunos años llevó a cabo Afinsa podía resumirse grosso modo de esta forma:

Afinsa compraba un sello al proveedor (Sr. X), por valor de, digamos, 10 euros, y se lo vendía al Sr. Y por 100. La venta llevaba aparejada un pacto de recompra, de manera que Afinsa se comprometía con el Sr. Y a encontrar, en el plazo de un año, un comprador para su sello. De no hallarlo, lo recompraría para sí misma, con un interés del 8%. Es decir, el precio de recompra sería de 108 euros. Cada vez que Afinsa no encontraba comprador y se veía obligada a recomprar el sello (lo cual sucedía con bastante frecuencia), reflejaba toda su actividad anual (desde el comienzo de la cadena), de la siguiente manera:

Compra de sellos (-10) + Ingreso por Ventas (+100) + Recompra de sellos (-108) + Variación de existencias (sellos) en almacén (+108). Si hacemos las cuentas, tenemos que el beneficio total es de 90, a pesar de que a todas luces el negocio ha sido ruinoso.

Como vemos, Afinsa era una empresa que “nunca perdía dinero”, sin infringir las formalidades contables del momento. Los pequeños ahorradores vieron en ella un jugoso filón para depositar sus fondos y confiar en que el valor de la acción subiese como la espuma. Hasta que un buen día la realidad se impuso a la ficción (antes o después, siempre acaba sucediendo): todo estaba basado en una gran mentira, adverada por una legislación deficiente. En cuanto “el mercado” percibió que la actividad filatélica de Afinsa no era sostenible “ad eternum”, el valor de la acción se desplomó, y miles de personas perdieron sus ahorros. La ley del siglo XXI no había previsto la posibilidad de lo que ya en el siglo XX fue conocido como “pirámide de Ponzi”, en homenaje a nuestro simpático amigo e inventor de esta macroestafa. Los afectados aún están esperando que alguien les dé una explicación.

Esto sucedió en 2006, cuando todavía faltaba año y medio para el estallido de la crisis. Curiosamente, las andanzas de Carlo Ponzi se produjeron poco antes de la primera crisis del capitalismo en 1929. Tanto el caso Ponzi como el caso Afinsa guardan una sorprendente similitud con los acontecimientos que sucedieron posteriormente: ciudadanos que se encomiendan ciegamente a la economía ficticia (el lado oscuro de la economía), y acaban perdiéndolo todo.

Se puede afirmar en líneas generales que el capitalismo entra en crisis cuando todo el mundo se da cuenta a la vez de que su dinero no existe. Así de simple y así de complejo a la vez.

Siguiendo con el ejemplo de Afinsa, ¿dónde estaba el error?: pues en que los 100 euros por los que vendía el sello, repagables al cabo de un año si no encontraba un nuevo comprador, no deberían haberse considerado “ingresos por ventas”. Es cierto que FORMALMENTE se trataba de un ingreso para la cuenta de resultados, pero REALMENTE era una deuda con vencimiento a un año. Sólo si Afinsa conseguía encontrar un nuevo comprador (lo cual ocurría sólo de vez en cuando) podríamos hablar de un ingreso de verdad, pues únicamente en ese caso no tendría que devolver nada. Y ese precisamente es el fallo del sistema que hemos vivido todos estos años: considerar riqueza lo que realmente es deuda.

Durante la primera época del capitalismo global se utilizó el sistema del patrón oro de manera que las emisiones de moneda de cada país se respaldaban con las reservas de oro que éste mantuviera en su poder. Eran una garantía de que el Estado sería capaz de pagar la deuda emitida en forma de billetes en caso de que alguien llegase a reclamarla (lo que se llamaba “convertibilidad”). Concluida la II Guerra Mundial, muchas naciones quedaron desprovistas de reservas. El sistema del patrón oro parecía haber llegado a su fin, y las potencias vencedoras optaron por una “huida hacia adelante” que les permitiera gastar ilimitadamente, como correspondía a los nuevos amos del mundo. Así nació el mercado monetario. Los bancos centrales empezaron a imprimir papel moneda a petición de sus gobiernos, sin contar necesariamente con un respaldo en oro o bienes de cualquier otra clase. A mayor impresión de papel moneda, menor valor de intercambio. Unas monedas se devaluaban respecto de otras que se revaluaban, formándose los precios de las divisas en este nuevo mercado internacional. El sistema pasó a denominarse “patrón dólar”, pues Estados Unidos sería el encargado de actuar como moneda de referencia o “ancla del sistema” (el dólar jugaría el papel del oro). Esto le autorizaba a gastar cuanto quisiera sin preocuparse por un respaldo efectivo de la economía real norteamericana, pues sería el propio dólar el “respaldo” de la economía). Dicho en otras palabras, la economía mundial se sostendría sobre la deuda cada vez mayor de un solo país (en forma de dólares).

Igual que en España tendemos a copiar las palabras yanquis (parece ser que lo que yo hago en mi trabajo se llama M&A-Private Equity), también decidimos copiar su sistema de endeudamiento masivo. Y no sólo nosotros: la deuda nueva creada en el mundo desde 2007 es de 19.117.000.000.000 de dólares (2.451.862.454.328.220 pesetas). El problema es que lo que debería respaldar a esa deuda (el rol que antes desempeñaba el oro), no alcanza ni de lejos a cubrir esas cifras. El PIB de España no llega al 2,7% de esos exorbitantes números. La economía real no se corresponde con la ficticia, y esa, como hemos anticipado, es la génesis de todos los males.

Hace siglos, estos problemas también tenían lugar a menor escala. En la Edad Media y en el Renacimiento las economías llegaban a endeudarse hasta el punto de originar una deuda impagable. ¿Cómo se solucionaba? Fácil: el poder estatal (normalmente encarnado en la figura del monarca) condonaba la deuda y se “volvía a empezar de cero”. Se acuñaba una nueva moneda en el Reino que reflejaba verdaderamente el valor de la economía real y servía de garantía fiduciaria de la deuda contraída por el Estado al llevar a cabo la acuñación. Hoy en día hablar de algo así es utópico. Ninguna autoridad estatal tiene poder para decidir “empezar de cero”, debido a los poderes fácticos que han tomado el control del sistema.

Pero, ¿quién controla la economía? Para responder a esta pregunta hay que dilucidar quién se encarga de la impresión de papel moneda en el país más poderoso del mundo. Es decir, quien está poniendo en circulación títulos representativos de deuda soberana en la principal economía del planeta. En resumen, ¿quién está endeudando al mundo?

La respuesta es sencilla, y tiene tres letras: FED. Así es conocida popularmente la Reserva Federal americana, que desempeña funciones idénticas a las del Banco de España y la CNMV en nuestro país (concentradas en un único organismo omnipotente y omnisciente). Solo que al contrario que sucede con el Banco de España y la CNMV, la Reserva Federal no es una entidad de derecho público. Es una entidad privada. Tanto su ex presidente, Alan Greenspan, como su actual presidente, Ben Bernanke, fueron impuestos por el lobby judío-sionista del llamado “consenso de Washington”, una convención de existencia casi fantasmal desde la cual se acuerdan normas y políticas financieras que trascienden las fronteras de Estados Unidos. El procedimiento es el siguiente: el presidente de la Reserva formula las "recomendaciones" sobre medidas financieras y tasas de interés y los 18 miembros del organismo deciden si están de acuerdo. Normalmente suelen estarlo, ya que el titular siempre expresa las decisiones y los intereses de los bancos y entidades financieras que controlan la “FED”. El sionismo ha creado e incentivado este sistema de endeudamiento a nivel mundial. La idea es que los países, al estar cada vez más endeudados, dependan de la banca privada (principal concentradora de activos, es decir, de los elementos que componen la economía REAL) para poder financiarse y costear sus proyectos. Desde el momento en que la entidad encargada de crear deuda en el sistema quedó en manos privadas (y concretamente, judías), las crisis económicas “programadas” están más que garantizadas: son la parte fundamental del juego.

El poder estatal (el viejo “monarca” del que hablábamos) poco o nada tiene que decir. Los gobiernos prometieron tras la quiebra de Lehman Brothers en 2008 que los bancos no serían tan grandes como para no poder ser salvados. Desde ese año la banca privada no ha parado de crecer. El volumen de adquisiciones de compañías en nuestro país no ha decaído en los últimos años. Claro que no: la mayoría de ellas las está llevando a cabo el Banco Santander de Emilio Botín (judío, para más señas, y sucesor cronológico de Mario Conde como ídolo de los estudiantes de Derecho y ADE). Son muchas sus recientes adquisiciones y a precios bajos (las compañías ya no valen tanto como hace cuatro o cinco años). El resultado: más activos reales en manos de la Banca. Esa misma Banca que apoyó la entrega de las otrora respetables Cajas de Ahorros a los políticos autonómicos. Con ello esperaban lograr en el medio-largo plazo su destrucción y la entrega de su negocio bancario a manos privadas (lo cual han conseguido). Esa misma Banca que ahora negocia la adquisición de SAREB (el “banco malo”), con idéntico objetivo: hacerse con los activos reales, el suelo y la tierra, la verdadera propiedad. En cuanto pase a sus manos dejará de ser “tóxica” para volver a subir de precio (son ellos quienes determinan cuánto valen o dejan de valer los activos; ése es el siniestro arte de la economía ficticia).

El viejo monarca ha muerto. Los bandidos como Carlo Ponzi campan a sus anchas. Los caminos del Reino ya no son seguros, y el Estado tal y como lo conocíamos vive sus últimos días. La banca apoya de forma silenciosa los movimientos secesionistas en Europa y el “rescate financiero” de las naciones. El sionismo quiere anestesiar y anular el poder de los estados, y que se dividan en varias “micronaciones”, para que ninguna concentre demasiado poder. Sólo así alcanzarán el gobierno efectivo del mundo, como la Reserva Federal en América.

Es vital conocer a nuestros enemigos. Ahora más que nunca, cuando son invisibles y actúan de forma silenciosa. El sionismo, el enemigo de la Humanidad, ha incubado su virus en

Occidente en un doble plano: el marxismo cultural y el capitalismo económico. Hoy como ayer tendremos que combatir en dos frentes si no queremos que nuestro mundo desaparezca en una espiral de deuda sin fin que acabaremos pagando entre todos los ciudadanos.

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